EL MUNDO EN SUS MANOS

el mundo en sus manos

Ella es como aquella esposa del marinero que cantaba Isabel Fayos, aquella trianera que despidió a su marido en la zapata “y juró a la eternidad que hasta no verlo llegar no saldría de Triana”.

Aurora vivió siempre en la calle Larga, a dos pasos de la Virgen a la que José María Rubio se refería en 1991, pareciendo que la hubiese definido ella misma, como a la “vecina, hermana y amiga, Mujer Santa de Triana, Virgen de todos los días, de mi parroquia, y mi casa y mi Capilla y la lucha de mi vida cotidiana”. Esto era para Aurora la Virgen de la Esperanza.

Su alegría, desde que se casó, era ese ratito diario de camino a casa, a la vuelta del mercado. Ver a la Virgen, saludar a Fernando el vestidor, charlar con D. José -que era como hablar con un ángel-, pararse con Maruja… Ya ni se acordaba de los años que tenía que ir a San Jacinto a verla, ya era una vecina más, ¡qué vida le había dado a la calle! Por la tarde, cuando se sentaba con sus vecinas más mayores en la puerta, pareciera que la Virgen estaba allí en medio de ellas.

¡Cómo rememoraba ahora esos años constantemente! ¡Cuánta añoranza! Recordar la cara de la Virgen, mirando la foto, ya amarilleada, que presidió su salón desde siempre, era lo único que lograba sacarle una mueca sonriente. Cuando su marinero marchó a las aguas celestiales de la Esperanza, la calle Larga, en plena fiebre del ladrillo, era un hervidero de compras y ventas, de neoempresarios de la construcción ávidos de sacar 10 apartamentos de una casa. Sus hijos la convencieron, ahora que quedaba sola, que lo mejor era vender, comprar en un sitio más tranquilo y además asegurarse su vejez económicamente.

Aurora ya no puede bajar a Sevilla sola, como hacía antes una vez en semana al menos, a ver a la Virgen. Aurora sueña que cada diciembre, a mediados de mes, venga su hijo por ella para pasar la mañana junto a la Virgen, ya no quiere ir a un mercado que no reconoce, ni siquiera pasearse por Pureza, donde no vive nadie de los que conoció; Aurora solo sueña en poner el mundo de nuevo en sus manos, le pide de un diciembre para otro volver al siguiente, imagina ese beso todos los días del año, fantasea con ese rato sentada en la Capilla en el que sus ojos no pueden apartar la vista de la Virgen, recuerda cada saludo esa mañana de los que aún se acuerdan de ella…

Otro dieciocho de diciembre Aurora volverá, con los ojos anegados, a su bajo en Castilleja. Un nuevo año por delante, si la Esperanza quiere, para soñarla, para soñar, sabiendo que Dios le ha permitido una vez más poner el mundo en sus manos.

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