CUANDO LA VIRGEN BAJA

cuando la virgen baja

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Terminó el año litúrgico con el domingo en que la Iglesia ha celebrado la solemnidad de Cristo Rey del Universo y, tras celebrar San Andrés -cuando el mosto vino es- un nuevo Adviento llega a Sevilla.

Primero ha sido la Amargura la que nos ha ofrecido su mano en el presbiterio de San Juan de la Palma para recordarnos las palabras de Rut que constan en su Capilla: “No me llaméis Noemí, esto es hermosa, sino Mara, esto es amarga, porque el Todopoderoso me ha llenado de amargura”.

La Virgen del Subterráneo, Nuestra Señora de las Penas, María Santísima del Rocío, la Virgen de la Cabeza, Madre de Dios de la Palma, María Santísima de la Concepción, la Virgen de Guía, Nuestra Señora del Socorro, Soledad de San Buenaventura, la Virgen de los Ángeles, María Santísima de las Tristezas y las que se me olvidan, llenarán de gozo una festividad de la Inmaculada que a buen seguro será un año más un día repleto de sevillanía, de cariño a la Madre de Dios y de demostración de una religiosidad popular única en el mundo y especial por sus maneras.

Finalmente, justo antes de la Natividad del Señor, llega la expectación del parto de Jesús y son las Esperanzas las que bajan a nuestra altura para que Sevilla se convierta por unos días en belleza sublime, en soñados altares efímeros, en cantos de amor, colas de plegarias y rezos del corazón.

Y es que esta época del año, entre noviembre y diciembre, cuando la Virgen baja, cuando los fríos se hacen realidad, quizá sea una de las que mejor refleje el amor que Sevilla le tiene a la Madre del Redentor y aquello que le hizo merecer el título de “Mariana”.

Cuando la Virgen baja, Sevilla es más Sevilla.

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MÁS DE LO MISMO

mas de lo mismo

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

El pasado jueves, tras las elecciones en el Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla, podíamos leer en nuestros teléfonos inteligentes repetidamente una frase: “más de lo mismo”. Aún no sabemos si Vélez será más de lo mismo y ya no podemos saber si la opción de Piñero era más de lo mismo, lo que parece meridianamente claro es que los electores son más de lo mismo.

Hace dos años hubo una opción clara de salir del “más de lo mismo”, nos quedaremos con las ganas de saber qué habría pasado si hubiese salido elegida esta opción, pero antes de las elecciones de 2016 se podría suponer, por muchas razones, que la opción que salió elegida era más de lo mismo, como así fue. Es cierto que la diferencia fue poca, pero la hubo. Si como la mayoría supone, tanto Vélez como Piñero son más de lo mismo, la semana pasada hubo una opción de, al menos, demostrar que las hermandades no querían más de lo mismo, pues el voto en blanco es una opción y solo la eligieron 5 hermanos mayores.

¿A dónde nos lleva esta reflexión? Pues, al menos a este maniguetero, a pensar que donde verdaderamente hay más de lo mismo es en los hermanos mayores, que son los que componen el Consejo, más allá de la Junta Superior elegida o la candidata. Esto nos lleva a creer que estos no votan con la suficiente cordura ni pensando en un programa, una necesidad de cambio, una idea, o simplemente en lo que pueda ser mejor para el conjunto de las hermandades de Sevilla; los hermanos mayores votan por otra serie de razones mucho más banales y que todos sabemos: el interés de su hermandad, porque el delegado que le toque sea más cercano, al que le prometa que su Cristo va al Via Crucis o su Virgen al pregón, al que promete más dinero (aunque después nunca lo cumpla), a la candidatura en la que va uno de su hermandad, al que promete llevar a su hermandad a la Catedral, a este no porque no nombró a mi hermandad en su pregón, a este no porque como sale de nazareno el miércoles no conoce la realidad del día, a este no que lleva de delegado a fulano, que mira lo que dijo hace diez años…

Desde la aprobación de los nuevos estatutos el candidato a presidente elije a su candidatura, por lo que se supone que esta defiende una misma idea, una línea de actuación, es un todo. Mientras los hermanos mayores no entiendan esto y sigan eligiendo su opción por un compromiso personal, un determinado componente de la candidatura, una promesa vacía o un chismorreo, el Consejo, esté quien esté en San Gregorio, seguirá siendo más de lo mismo.

LA MEDIDA HERMANDAD

la medida hermandad

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Si la semana pasada hablábamos del desborde que había producido la Esperanza y del afán de la prensa y los cofrades por cuantificar todo aquello que rodeó una nueva procesión extraordinaria –que no otra extraordinaria más-, esta semana se nos ha ido la mente al desbordamiento que sufren las hermandades en general.

Aquella famosa frase del arquitecto Van der Rohe, y definición del minimalismo, de “menos es más” puede servirnos para resumir aquello que pensamos sobre el momento actual y la medida para la que están hechas y pensadas nuestras hermandades, a todas luces, sobrepasada.

Cuando se plantearon las Reglas para las cofradías, las que actualmente rigen a nuestras corporaciones, basadas en lo que ordena el Código de Derecho Canónico (C.I.C.), seguro que nadie pensó que ni siquiera una de las hermandades de Sevilla pudiese llegar a tener más de 10.000 hermanos y más de 1.000 nazarenos, si se hubiese pensado que esas cifras podrían ser posibles no estarían redactadas en muchos de sus capítulos como lo están. Tampoco se ha estudiado en profundidad una remodelación y actualización de las mismas por parte de la autoridad eclesiástica, pues hay (por ejemplo la admisión de hermanos) reglas obsoletas y, a todas luces, incumplidas en muchísimas ocasiones por inoperatividad.

De la misma manera, la forma de funcionar de las hermandades no está pensada para tan alto número de componentes en la mayoría de los aspectos, ni la ciudad permite tantas y tan numerosas hermandades, y no es solo cuestión de espacio físico (iglesias y capillas, casas de hermandad, carrera oficial, etc.), sino de infraestructuras y voluntariosos dirigentes.

Como en todo (menos en lo verdaderamente importante, ¡qué pena!), se ha desbordado nuestra Semana Santa, ya hace tiempo, también la medida de las hermandades. Se ha sobrepasado la “medida hermandad”, la hermandad ideal, la de la cercanía de los hermanos, la de conocerse, la de saber de los problemas del otro y ayudar, la de rezar juntos, la de verse los domingos en misa, la hermandad en la que una convivencia era una ocasión especial, la de acudir con tiempo a la Capilla y rezar a tu Titular revestido con la túnica… Y no digo que esto no exista, pero cada vez es más difícil. Y no digo que económicamente esté dando unas miras distintas a las hermandades y a sus fines (si le cuentan a mi abuelo que una hermandad va a recaudar para Caridad más de 33 millones de pesetas en una tarde…), que no todo es perjudicial, ¡claro que no!, pero sí es cierto que el fundamento se desvanece entre números y cifras.

Menos es más. La “medida hermandad” está sobrepasada. Este maniguetero se reitera una vez más y sin cansarse por ello: cordura en lo ordinario, por favor.

EL TURISMO EXTRAORDINARIO

el turismo extraordinario

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Desbordada Triana, hasta esta altura llegó un día la Esperanza”. Explicando cómo se le ocurrió esta frase, asemejándola a la que aparece en un azulejo que recuerda una inundación en el interior del Convento de las Mínimas, comenzaba D. José María Rubio su Pregón del XXV aniversario de la Coronación Canónica de Santa María de la Esperanza, como él la llama.

Aún no se ha recuperado Sevilla del desbordamiento que le ha producido este río de Esperanza y este maniguetero no sale de su asombro cuando solo lee titulares que cifran y cuantifican lo vivido, como si el amor y la devoción tuviesen medida. Contamos personas, contamos autobuses, contamos impactos en redes sociales, contamos protagonistas… “¿has visto cuántos…?”, “¿has visto las fotos de…?”, “¡es impresionante la cantidad de …!”

Todo empezó cuando a un tesorero del Consejo, para que le echaran cuenta en el Ayuntamiento, se le ocurrió esgrimir como argumento el impacto económico de la Semana Santa en la ciudad de Sevilla; justificó con pesetas el fruto del culto público de nuestras Hermandades, hecho que seguimos haciendo hoy día y que -así nos va- no para de darnos quebraderos de cabeza y de ofrecer argumentos a quienes no nos ven con buenos ojos o a quienes -mercaderes en el templo- quieren negociar con nuestra fe.

Esto abrió los ojos a los empresarios y políticos que viven, entre otras cosas, del turismo, con lo que la promoción buscada de nuestra Semana Santa en el exterior se hizo una realidad y nosotros, ilusos, tan contentos. Aquello coincidió con un pastor bondadoso en cuanto a concesiones extraordinarias se refiere, con lo que ancha es Sevilla y vamos que nos vamos que el que llega tarde ni oye misa ni come carne.

Así estamos instalados hoy en una vorágine de procesiones, magnas, coronaciones, conciertos, inventos y eventos que llenan la agenda del más pintado. Estamos instalados en un constante ‘culto externo evangelizador’ que si surtiese los efectos deseados estaríamos abriendo capillas en cada esquina para dar más misas, en lugar de bares, que es lo único que se abre en nuestra Sevilla. Nos hemos acomodado tanto en el fulgor de la extraordinaria que ya los pueblos y ciudades cercanas celebran magnas y aniversarios a gogó sabiendo que los sevillanos les llenamos la caja el fin de semana ávidos de conocer otras realidades “kofrades”, de la misma manera que los foráneos llenan hoteles y aparcamientos de autobuses cuando el culto externo extraordinario es sevillano.

Por favor, no justifiquemos nuestra fe y nuestra razón de ser con argumentos económicos y paganos. Nuestros titulares tienen ya unos cultos públicos suficientes establecidos en reglas. Hemos creado en Sevilla un producto turístico, un monstruo, llamado Semana Santa y no nos damos cuenta que nos va a explotar en las manos. Hemos de reparar en que, como mercaderes en el templo, estamos dilapidando los fundamentos de una religiosidad popular única y una tradición centenaria por unos euros.

Hay que poner mesura en lo extraordinario y cordura en lo ordinario, no hay otra. En nosotros está.