NOSOTROS SOLITOS

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Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Hace ya muchos años que se comenta entre los cofrades la excesiva importancia que a las cuadrillas de costaleros, a sus capataces, a las bandas de música, a los vestidores de las imágenes, etc. le estamos dando, hasta el punto que, de ser aspectos secundarios de nuestros desfiles procesionales, cada vez han ido tomando más relevancia y ya, por ejemplo, no hay niño cofrade que se precie que no sepa quien es la primera voz de tal banda, los nombres de las marchas más famosas de cada una o de quien se habla en los cambios de martillo como si de entrenadores se tratase. También ha ocurrido esta Cuaresma qua algún programa de Semana Santa ha equiparado a los hermanos mayores de las hermandades con el vestidor de la Virgen…

Esto, además de comentarse entre los cofrades, se permite. Y ahí está lo grave del asunto, que los dirigentes de las hermandades no ponen cerco a este circo y siguen permitiendo que se toquen marchas que no hay quien las defina como música procesional, que rifan los llamadores al mejor postor, que permiten coreografías constantes y cada vez más estridentes en sus pasos, incluso que organizan la Cofradía en la calle dependiendo de cómo vaya cada paso y el lugar en que se encuentre, jugando con los hermanos, sufridos nazarenos, para el lucimiento a manera de espectáculo de cuadrillas, bandas y capataces poetas.

Nosotros solitos nos hemos metido en el berenjenal, solo nosotros. Y claro, ahora nos rasgamos las vestiduras cuando vemos a un novio llegar a una boda civil con una coreografía con música ¿procesional? jaleada por los invitados y con una madrina (¡qué no hará una madre por un hijo!) casi perdiendo pie dando pasitos atrás.

DEMASIADO RUIDO

demasiado ruido

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Ha pasado todo, pasó la Semana Santa y este maniguetero ha dejado pasar incluso unos días más para ponerse a reflexionar sobre lo que ha pasado, para que críe poso todo aquello que desde la manigueta vimos y todo aquello que nos llenó, bien sea de Dios, bien sea de amargura.

Son muchos los medios y periodistas -hasta decir basta- que se dedican a sacar conclusiones de la Semana Santa, de lo bueno y de lo malo, de los “top ten” de todo, de resumir lo mejor y lo peor de cada casa y de elucubrar sobre el futuro. Este blog no es un medio de información ni este maniguetero un periodista, por lo que no nos compete contribuir al hartazgo, pero nos gusta opinar, disfrutamos con ello y si de camino le entretenemos unos minutos cada siete días pues mejor.

Tiempo y semanas tenemos de hablar de todo un poco, pero me quedo con una primera reflexión de todo lo que ha pasado hace unos días: demasiado ruido. Hay demasiado ruido alrededor de nuestra Semana Santa, por más que lo intentemos no conseguimos centrarnos en lo verdaderamente importante, estos mismos medios de los que hablamos, los propios dirigentes de las hermandades (incluido el Consejo), los dirigentes políticos, los egos y los que quieren ser protagonistas… todo pretende ser más importante que lo que, no lo repitamos más, verdaderamente importa.

Ya escribíamos sobre esto hace unos meses, cuando hablábamos del RUIDO Y LA VERDAD, hoy no tenemos más remedio que reafirmarnos categóricamente y recordar aquello que dijimos citando a San Vicente de Paul: “El ruido no hace bien, el bien no hace ruido”. Demasiado ruido.