CONVERSACIONES DE CUARESMA

charlas de cuaresma

  • Compadre, buenas tardes. ¿Qué haces esta noche?
  • Pues iba a ir al concierto de la Banda de las Tres Necesidades en Santa Inés, que dicen que estrenan una marcha espectacular.
  • Anda, anda. Vente a la hermandad, que presentan la portada del boletín de Cuaresma, que la ha pintado Noelia López, y después nos ponemos hasta la corcha de croquetas.
  • ¿Noelia López?
  • ¿No la conoces? Pinta de escándalo, todo un descubrimiento. El año pasado pintó el cartel de la tertulia “Palio de cajón”, una pasada.
  • No sé, no sé, es que mañana quiero ir a la inauguración de la exposición de la Hermandad del Cristo en el Casino de la calle Central, que cumplen 175 años de su estancia en San Blas y dicen que el comisario es José González, tiene que estar muy bien. Como me enrede esta noche ya mañana no voy a ningún sitio.
  • ¿Mañana? ¡Dónde vas a ir tú mañana! Si mañana es la charla de Curro Alonso, el capataz de la Virgen, en la Hermandad de la Ponderosa.
  • ¿La de taparse los ojos o no con el costal?
  • ¡Esa!
  • ¡Ostras! No me acordaba. Vaya coincidencia. Bueno, puedo ir a la exposición otro día, aunque me pierdo el botellín de la inauguración.
  • Mejor, aunque pasado tampoco podrás ir, porque Pedro Lanza presenta el libro de “Las cofradías y los colores”, hace un repaso espectacular sobre las diferentes túnicas de la Semana Santa.
  • No lo conozco.
  • ¡Si, hombre!, que fue Consiliario 3º en San Gerardo en la candidatura de Juan de las Casas…
  • No caigo, compadre.
  • Bueno, el caso, que lo presenta en la Fundación Collantes y lo presenta Pepe Puerta, que tiene que estar interesante y tenemos que ir.
  • Vale, pues tengo que organizarme, porque la exposición dura una semana y algún día tengo que ir, y el jueves quiero ir al ensayo de Santa María, que me encanta, porque hacen unos izquierdos a ese barco que son dignos de ver, y, tú sabes, en los ensayos se viven mejor todos los intríngulis de la cuadrilla y cómo hacen los cambios y tal.
  • Cuádralo, cuádralo, porque el viernes es la cena homenaje al Presidente del Consejo, en el Hotel Savoy, y allí tenemos que estar, compadre, que va a estar lo más granao.
  • Me lo estás poniendo complicado, compadre, yo quería ir al menos un día al Quinario…

 

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¿UN GRITO EN LA PARED?

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Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

El “cofradity manager” tiene el cartel en pdf desde hace 2 días en el WhatsApp esperando que el pintor y el hermano mayor (consejero, presidente de tertulia, párroco…) retiren el damasco rojo del caballete para publicarlo en Twitter, Facebook e Instagram justo a la vez que se descubre en directo. Fugaz, rápido, inmediato… lo vemos, nos gusta, no nos gusta, opinamos libre y gratuitamente (ya casi ni eso), nos quedamos tan panchos y mañana ya no nos acordamos de él. ¿Un cartel? ¿para qué?

Ya hace bastante tiempo que hablábamos desde esta manigueta de la fugacidad del cartel, hecho incuestionable ya hoy día y más que demostrado, pero hoy nos planteamos algo más: ¿es necesario un cartel? ¿cumple el cartel en la actualidad su función? ¿no hay, también, exceso de carteles? ¿es necesaria una presentación para un cartel? ¿Es necesario anunciar la Semana Santa hoy día -que la tenemos hasta en la sopa- o lo hacemos por costumbre y rutina?

Los carteles, vistos desde la manigueta, son otro añadido más, otro sinsentido, otra desmesura, ni siquiera el Cartel de la Semana Santa de Sevilla tiene ya mucho sentido. El cartel ya no es un grito en la pared, porque en ninguna pared se pega. El cartel no anuncia nada porque los cofrades (a los que va destinado principalmente) no hace falta anunciarles la Semana Santa. El cartel no aporta nada, porque el pintor no arriesga por miedo a quedar mal ante la Sevilla rancia y el que arriesga sale trasquilado, no llega, no emociona, es difícil. Los carteles fotográficos es complicado que transmitan, pues lleva uno viendo fotografías cofrades todo el año por todos sitios. Ya se ha probado alguna vez con carteles diseñados informáticamente y podemos decir que tampoco ha sido un éxito. El cartel, como el pregón, tiene tantísimos sucedáneos que ya, cuando llega, la mayoría de las veces, no importa.

Como tantas otras cosas relacionadas con nuestra Semana Santa, cuando a la mayoría no interesa, quizá es un buen momento de plantearse si hay necesidad de cambiar algo, o todo, o, simplemente, prescindir de ello.

ROMANCE DE LA MEDALLA

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Hoy te escribo a ti, mi emblema,

mi plateada medalla,

la que desde el mismo día

que las reglas yo jurara

vela mis noches, mis sueños,

protegiéndome en mi casa.

 

Ya vas teniendo tus años,

y son tantas madrugadas

colgada en la cabecera

de madera de mi cama,

que acuñas gracia y solera

en tus formas troqueladas.

Hojas de acanto, laurel,

el escudo en una cara,

la cara del Cristo en otra

y un viejo baño de plata

que de Función en Función

va perdiendo su prestancia.

 

Recuerdo que te cogí,

hasta grabarte en la palma

de mi sudorosa mano,

cuando aquella tarde aciaga

reunida la junta en pleno

no salimos por el agua.

Ibas colgada en mi cuello

cuando se hicieron hermanas

y acogiste en tu regazo

a mis hijas, las que guardas.

En los días de penitencia

en mi pecho me acompañas,

pues pierde el significado

la túnica si tú faltas.

Se dibuja una sonrisa

de la Virgen en su cara

cuando nos ve llegar

a la Capilla, a su casa,

luciéndote con orgullo,

llevando nuestra medalla.

 

Hay quien te resta valor,

quien te trata cual estampa

y fabrica colecciones

que luego va y las enmarca.

Hay quien sale de la iglesia

y, como en fiesta pagana,

se empina dos botellines

en el bar que está en la plaza

con su corbata de moda

y su medalla colgada.

 

Hoy te escribo porque sí,

porque hoy me da la gana,

porque cuando acecha el mal

eres escudo y no lanza,

porque cuando he despertado

como siempre, esta mañana,

estabas ahí cerquita,

mi medalla, mi guardiana;

porque si no me levanto

y te echo una mirada

es como si ese día

ya con mal pie comenzara,

sin la protección bendita

que solo al verte me ampara;

porque por sentirte cerca

siento a la hermandad en casa,

siento al Cristo al que le rezo

y a mi Virgen de mi alma.

 

Hoy te escribo porque sí,

porque hoy me da la gana,

porque siempre estás ahí,

mi divisa, mi medalla.

AÚN RECUERDO…

aun recuerdo

Aún recuerdo cuando las jarras de los palios se aseguraban con alambres clavados con puntillas, en forma de “vientos”, a la parihuela. Recuerdo todavía, como si fuera ayer, cuando se amarraban los claveles en las cañas para pincharlos en las eneas; recuerdo cómo los priostes se las apañaban sin bridas de colores, cómo se “limpiaban” algunas imágenes embadurnándolas en clara de huevo. Aún recuerdo fundir la cera valiéndonos de aquella lata de Martinete con un asa hecha de alambre, otra vez el alambre, que gracias a Dios Gerardo tuvo la idea de rescatarla cuando la iban a tirar y regalármela, pues sabía de sobra que siempre la miraría con el cariño y el amor que lo hago todos los días para no olvidar jamás de donde vengo y lo que para mí significa la Virgen.

Recuerdo cuando las casas de hermandad no eran más que cuartillos prestados de la Parroquia, cuando el boletín era una convocatoria en la pared de la iglesia una vez al año y no era necesario publicar la vida de hermandad. Recuerdo también cuando las únicas charlas formativas que había duraban media hora y eran los domingos a las 12 y a las 8 en la iglesia, lo demás era en casa. Aún recuerdo cuando Pedro fue 40 años mayordomo de la hermandad, pasando de primero a segundo, de segundo a contador y de contador a primero otra vez, pero las cuentas las llevaba él siempre.

Aún recuerdo cuando no se llevaban capotes de Guardia Civil bajo la canastilla porque se pensaba que nunca llovería, recuerdo con cariño “rezar, a la calle y que sea lo que Dios quiera”, sin predicciones, sin radares ni isobaras. Recuerdo cuando se llevaba corbata bajo la túnica, cuando esta se cuidaba más que un abrigo de visón, cuando un tramo de 25 parejas era una barbaridad y una cofradía de 800 nazarenos una exageración. Aún recuerdo cuando podías escudriñar los detalles de un paso andando a su par por la acera sin molestar y sin que te molestaran. Recuerdo con cariño cuando los cirios eran palos pintados con un remate de chapa apuntillada y pintada por igual en la que se embutía el codal.

Aún mi memoria me trae a veces al presente cuando una banda con 25 marchas en el repertorio era “de las buenas”, cuando los costaleros veían perfectamente con la ropa puesta y nadie jamás le vio las piernas a ninguno. Aún recuerdo solo ver costaleros fuera de los pasos en las entradas y salidas, recuerdo chicotás a tambor, andando; tengo memoria de calificar de “agonía” al único amigo que se sabía el nombre de más de 10 marchas y, para colmo, algunas de Cristo también. Recuerdo cuando ver entrar al Dulce Nombre o a La Lanzada era de locos, cuando éramos 6 los que íbamos entre el manto de la Virgen de las Aguas y Soria 9 escuchando “Virgen de las Aguas” una y otra vez por Alfonso XII con una sonrisa de oreja a oreja.

Aún recuerdo cuando la Semana Santa empezaba el Domingo y acababa el Sábado siguiente.

LA COFRADÍA QUE ESTORBA

nazarenos-triana-sevilla-reutersFoto: Reuters

 

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Muchas veces los cofrades, en nuestros planteamientos de horarios e itinerarios, cambios y, sobre todo, inclusión de nuevas cofradías en la nómina de la Semana Santa, no nos damos cuenta que existe otra ciudad, que también es Sevilla, que no es cofrade, ni siquiera católica, a la que debemos respetar y a la que tenemos saturada.

Un ejemplo de esto lo viví en mis propias carnes en la ‘Madrugá’ de 1991. Era mi segundo año como diputado de tramo en la Esperanza de Triana y la cofradía avanzaba ya con la Cruz de Guía cercana a la Campana, mi tramo (3º de Virgen) transitaba por delante de la Parroquia de la Magdalena y las órdenes previas del Diputado Mayor de Gobierno eran que al entrar en la calle Murillo debíamos colocarnos de tres en tres, la única manera de comprimir la cofradía desde el parón de la Cruz en Campana hasta dejar libre el cruce de Zaragoza para que el Gran Poder pudiese pasar (hay quien piensa que esto es nuevo…). Con los nervios propios de un momento crucial y la responsabilidad de llevar en solitario un tramo de hermanos de más de 50 parejas, no quería que nada escapase al azar y tener todo preparado para el momento de comprimirnos, era fundamental llevar el tramo bien formado para poder comprimirlo en el menor tiempo posible.

De repente observo cómo, de entre la multitud de gente que observa el paso de la cofradía, sale un señor con un pastor alemán que le llegaba casi por la cintura y, tranquilamente, se pone a andar con su perro por en medio de la fila. Vestía pantalón de rayitas de mil colores anudado a la cintura y con elástico en el tobillo, camisa suelta, chanclas de cuero y gafitas redondas pequeñas, tipo “John Lennon”. Esperé y, cuando llegó a mi altura, abrí los brazos e incliné la cabeza como rogándole que saliese de la fila. Me dijo: ”¿Qué quieres?” Me acerqué a su oído y le dije: “Por favor, si no le importa, puede usted pasar tranquilamente por la acera, detrás del público, hay sitio de sobra”. Me espetó un “¿Y por aquí por qué no voy a pasar?” Respondí: “Hombre, está usted molestando el paso de la cofradía.” Su respuesta me dejó tan atónito que me aparté y dejé que continuara por en medio de la fila (en algún momento tendría que salirse y no son circunstancias para discutir): “¡Perdona! ¿Molestar? ¡Aquí los que estorbáis sois ustedes! ¡Que yo saco el perro a mear todos los días a las 5 de la mañana y aquí no hay nadie!