MILAGRO, SOCIEDAD ANÓNIMA

milagro

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Hay en nuestra Semana Santa -debido a su crecimiento desorbitado- tantas cosas cogidas con alfileres que, anualmente, cuando llega, vivimos verdaderos hechos y acontecimientos que tienen muy difícil explicación lógica o científica, pero que ocurren, auténticos milagros.

O díganme: ¿no es un milagro que ocurran en varios años los hechos de la pasada madrugada del Viernes Santo y que a nadie le suceda nada grave? ¿No es un milagro que nuestros pasos de misterio avancen por Sierpes a la velocidad que lo hacen y no haya una desgracia? ¿No es un milagro que determinadas calles se atesten de público desaforadamente y sin orden ni concierto para ver salir, pasar o entrar una cofradía y que no haya que lamentar desgracias? ¿No es un milagro que se organicen miles de nazarenos de muchas cofradías en los espacios con los que cuentan nuestras hermandades sin que ocurra nada? ¿No es un milagro que haya miles de nazarenos que sean capaces de soportar 12 o 14 horas de estación de penitencia con temperaturas asfixiantes? ¿Seguimos?

Quizá la materialización de nuestra sociedad (el “maldito parné” que decían Valverde y León –con música de Quiroga-) y el siempre bien acogido y poco ponderado crecimiento de nuestras hermandades, así como la globalización -que hace que cofrades de toda España se hagan hermanos y participen de nuestra Semana Santa- sean algunas de las causas que nos hayan llevado a esto. Se han hecho competiciones y comparaciones de números de hermanos, clasificando a las hermandades por este dato, por el número de nazarenos, por el presupuesto anual, por el dinero que aportan aquí o allí… estamos convirtiendo a las hermandades en empresas, en números, y las devociones no son cuantificables.

Por todo esto disfruto y valoro mucho más la esencia que aún no han perdido las hermandades de Gloria, por ejemplo. De la misma manera, por esto, no entiendo como hermandades que realizan de manera plena unas estaciones de penitencia en días de vísperas aún no masificados, con cortejos reducidos y controlables, sin límites horarios ni encorsetamientos, con barrios entregados, donde ejercen su labor catequética durante el año y que disfrutan de la evangelización de su cofradía en su día de salida, quieran cambiar esta maravilla que tienen por una carrera contrarreloj, a horas poco propias, sumándose a jornadas santas que no les cabe más y teniendo por ello que eliminar el recorrido por su barrio para no alargar las horas en la calle. Y están en su derecho, que nadie lo discuta, pero no lo logro entender.

Cada Semana Santa que pasa tentamos la suerte pidiendo que vuelvan a ocurrir los mismos milagros -que afortunadamente ocurren-, pero en lugar de intentar no depender de ellos tensamos más la cuerda. El año que no contemos con alguno de estos milagros lo que ocurrirá será una desgracia, y entonces todos diremos que lo sabíamos, que iba a pasar. Mientras tanto seguimos mirando la caja, las cuotas, las cuentas y tornando cada vez más a convertirnos en clubes sociales y empresas. Cada día reparamos menos en las devociones y más en las gestiones, menos en los rezos y más en los ingresos. Cualquier día le cambiamos el nombre al Consejo de Hermandades por Milagro, S.A.

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