ORGULLO DE PERTENENCIA

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Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

De las cosas más bellas que pueden pasar en una hermandad es que sus hermanos se sientan orgullosos de pertenecer a ella. No me refiero con esto a la cofradía, ni a las imágenes, ni a la calidad de los enseres ni de las propiedades que pueda tener, me refiero a la hermandad, a la corporación, a su forma de comportarse y de hacer las cosas.

Cuando una hermandad, a través de los años, de las décadas, consigue crear una idiosincrasia propia, un canon de actuación, una línea de la que nadie se aparta, una manera propia de rezar, de dar culto a Dios y a sus titulares, y sus hermanos están orgullosos de esto, creo que ha conseguido una de las mayores riquezas que se puedan tener.

Y cuando esto se consigue no es mérito de una junta de gobierno, ni de ningún hermano en particular. Está claro que siempre hay momentos o hechos puntuales que definen trayectorias, actuaciones concretas que marcan alguna tendencia, cosas incluso, en lo negativo, de las que arrepentirse; pero lo fundamental es que todo el mundo tiene claro que la hermandad está por encima de las personas que la integran en cada época. Aquel que llega a un cargo de gobierno o de responsabilidad en cualquiera de estas hermandades -que hay afortunadamente muchísimas- hereda un legado tan precioso que su único afán es conservarlo, sin que le roce ni el aire, seguir una línea ya marcada e intentar que las posibles mejoras, que siempre deben existir, no se salgan del guión marcado y que, las decisiones que haya que tomar, estén de acuerdo con lo que los hermanos y la historia demanden.

No hablemos del caso contrario, que todos conocemos, se da por sabido y a todos nos cae mal cuando ocurre, pero sigue pasando, y más de lo deseado. Quien quiere llegar a una hermandad buscando su beneficio y destacar por encima de esta, además de faltar a todo principio cristiano y a las propias reglas de su corporación, no puede pretender dejar más legado que algún fuego de artificio, ruidoso y deslumbrante, pero demasiado efímero y a menudo peligroso.

Enhorabuena a las hermandades que cuidan sus tesoros más preciados; enhorabuena a los miembros de junta que tal como llegan se van y dejan la misma hermandad que recibieron, un poquito mejor si cabe; enhorabuena a aquellas hermandades que sienten que sus hermanos están satisfechos con sus decisiones y actuaciones, que sacan provecho de sus cultos, que disfrutan en acciones caritativas, que sienten que su hermandad les ayuda a formarse y que, en definitiva, ven pasar la vida en paralelo a su hermandad presumiendo de un tremendo orgullo de pertenencia a la misma. ¡Enhorabuena!

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¿ES LA HORA?

es la hora– –

¡¡¡Papááááá!!!

¿¿¡¡Qué pasa Pepe!!??

Aún no puedo borrar de mi memoria los gritos desesperados de mi hija y de su amiga, volviéndose hacia mí, en Reyes Católicos. Era, para ambas, su primera estación de penitencia con la Esperanza desde el inicio, su primera Madrugá, su primera estación a la Catedral. La Virgen pone su mano casi siempre y me había ido preparando desde el 2000 para esta ocasión, incluso había previsto que esa noche fuésemos los tres en la fila de en medio –ya íbamos de 3 en 3 desde la puerta de la Capilla- con los cirios apagados. La Virgen, siempre la Virgen.

Instintivamente las abracé y nos quedamos hechos una piña en el sitio, tranquilizándolas con mi voz. Todo fue muy rápido, solo unos pocos segundos, mas cuando miramos alrededor solo encontramos sillitas destrozadas, bolsos y chalecos tirados y sucios, móviles por el suelo y un vacío enorme de personas a la redonda. Lloraban bajo el antifaz, temblaban, sus ojos eran una tremenda interrogación a la que tenía que responder. “¡Qué hijosdeputa!”, pensaba mientras nos alejábamos del centro de la calle hacia espacios más abiertos. Gracias a Dios yo no pasé miedo, sabía de sobra lo que pasaba, es más, no me extrañaba nada. Hablamos ya sin capirote, les expliqué, se calmaron, les propuse opciones y decidieron, como dos nazarenas de Sevilla, que nadie podría con su fe, con su ilusión y con su Esperanza: “Volvemos al tramo”.

Como habíamos hablado se repitió, cada vez con menos intensidad y posibilidad de peligro, hasta desaparecer. Llegaron a la Catedral y volvieron a Triana, hicieron estación en nuestra Catedral y atracaron en la Capilla de los Marineros, y aguantaron hasta cantarle a la Esperanza su Salve. ¿Qué más puedo pedirle a la Virgen? Solo agradecerle. Gracias. Muchas gracias, Madre.

¿Es la hora? Pues claro que es la hora. Es la hora de que caiga el peso de la ley sobre quien tenga que caer, es la hora de que actúen las autoridades, es la hora de que aprendan que no sale gratis ser un canalla, es la hora de que las cofradías hagamos un planteamiento serio sobre si tenemos una Semana Santa adecuada a nuestro tiempo, es la hora de que el Consejo sea el catalizador de los cambios que las hermandades demanden, es la hora de que nos dejemos de desfiles artísticos y de lucimientos poco adecuados, atrayentes del más dispar público a nuestros cultos externos, es la hora de que las hermandades tomemos las riendas y recuperemos nuestra Semana Santa, ¡que estamos dejando que nos la manejen!, es la hora de unirnos, esto no es un problema de las seis, es de las 70. Como dice incansablemente Víctor Küppers parafraseando a Stephen Covey: “Lo más importante es que lo más importante sea lo más importante”. Me refiero con esto al tema de la seguridad, que es capital, faltaría más, pero, por favor, lo más importante es el sentido religioso y cultual de nuestras estaciones de penitencia, que nadie –y nosotros tenemos que encargarnos de que esto ocurra- se olvide de ello. Es la hora de actuar, pero sin olvidar lo más importante.

Y de lo que verdaderamente es la hora es de que mis hijas afiancen su fe, su educación y sus valores. Esto, a nivel personal y familiar, sí que es lo más importante. Nuestros hijos deben aprender que ser cangrejero es estorbar, es una falta de respeto a los que hacen penitencia. Es la hora de que aprendan que sentarse en el suelo es de mala educación, que no respetar a una persona mayor que tú es incívico. Es la hora de enseñarles que querer ver la cofradía andando contra el cortejo, pegado a los nazarenos, es de poca vergüenza, que cruzar la fila sin necesidad, por capricho, no está bien. Es la hora de aprender que comer y beber delante de un nazareno es de “malaje” y de “esaborío”, y falta de respeto si se hace delante de las imágenes. Y tantas y tantas cosas que hemos olvidado…

Es la hora, claro que es la hora, pero de atajar el problema de raíz, porque, lastimosamente, ya se nos ha ido de las manos.

CONCILIO HISPALENSE

concilio hispalenseFoto: ABC

 

Desde la manigueta se ve casi toda la cofradía, y aquí, asido a ella, uno reflexiona sobre las cosas que pasan en nuestras hermandades.

Imagino la típica escena, de cualquier película de estas que tratan de un naufragio, en la que los protagonistas quedan atrapados en cualquier sala del barco y cada vez queda menos oxígeno y menos espacio para respirar mientras el nivel de agua sube sin parar, cada vez que leo los números de papeletas de sitio que han expendido en esta Cuaresma las distintas hermandades de los distintos días de nuestra Semana Santa.

Muchas de ellas lo califican de histórico, otras de record, alguna ha ampliado plazos de reparto, el caso es que yo no me quisiera ver en el pellejo de más de un diputado mayor de gobierno y, sobre todo, en la piel de más de un delegado de día. Parecía que se había estancado un poco el ritmo de crecimiento de los cuerpos de nazarenos pero -aún es pronto, hay que esperar a verlo en la calle- todo hace indicar que este año va a ser de infarto desde el palquillo de la Campana hasta la Puerta de Palos.

En realidad esto debería ser un motivo de satisfacción para las hermandades, pues según las reglas de cada una, todos los hermanos tienen la obligación de efectuar la estación de penitencia, y mientras más se acerque el número de cofrades que participen en esta al número total de hermanos, en mayor medida se llevará a cabo el cumplimiento de aquellas. Pero la realidad es que nuestra Semana Santa está configurada para unas cofradías mucho menos numerosas que las actuales, con pasos andando a mayor ritmo que en la actualidad, con bandas también menos numerosas y tocando muchas menos marchas que en la actualidad y para una cantidad de público menor y más creyente y respetuoso que el actual. Es duro, es difícil de digerir, pero es así. Y nadie le quiere poner el cascabel al gato, y al que toma alguna medida se le reprende desde la mayoría de los sectores cofrades.

Ya lo hemos hablado en otras ocasiones: hay que ir pensando en soluciones globales, ya no valen parches, hemos entrado, ya hace tiempo, en otra época, en otra era. O cortamos por lo sano o seguimos dejando que la herida lo invada todo, por que, a pesar de comprobar que con analgésicos y antibióticos la cosa no mejora, los seguimos aplicando pensando que solucionamos algo.

La ciudad es la que es, la Carrera Oficial es la que es y no cambiaría mucho dos calles más o dos vueltas más por las mismas calles. Quizá lo que hiciese falta fuera convocar un concilio provincial en la archidiócesis, el “Concilio Hispalense”, que cambie la norma (total, otra más…) doctrinal y disciplinariamente, que cambie las reglas de las hermandades estableciendo medidas que equiparen los cultos internos con los externos, porque no es comparable la cantidad de hermanos en unos y otros (como por ejemplo que fuese obligatorio a ir a los cultos de regla para poder efectuar estación de penitencia –ya se hace con los acólitos- u otra ‘locura’ parecida). Algo hay que hacer, y ya urgentemente.

Mientras esto ocurre, todos los que somos actores de reparto, preparémonos para vivir una Semana Santa más en la gloria sevillana, disfrutemos –cada uno en la medida de sus posibilidades- de Jesús por nuestras calles, de su Pasión, Muerte y Resurrección, tengamos buena estación de penitencia aquellos que la hagamos y ojalá obtengamos muchos frutos espirituales de esta maravilla que nuestra tradición cristiana y secular nos brinda. Ahora sí: esto ya está aquí.